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Vive Mazatlán una imponente Callejoneada del Día de Muertos
Con un petardo elevándose hacia la blanca luna de noviembre dio inicio la tradicional Callejoneada del Día de Muertos que desde hace cinco años el Instituto de Cultura de Mazatlán ha convertido en uno de los eventos más esperados y concurridos del puerto.


La esquina de la calles Carnaval y Constitución se transformó en una valla humana que impaciente y festiva aguardaba el arranque de la procesión encabezada por una pareja muy especial, la Catrina y el Catrín, que a sus pasos arrastró a una corte compuesta por tres espectaculares Calaveradas Catrinas de más de tres metros arrancadas de la ambiciosa imaginación del artista Antonio Ríos.

Tan pronto la estela de cobre y el tronido del petardo llenaron el aire, un grito eléctrico se alzó como una ola, la espera había llegado a su fin y la música de banda comenzó a cabalgar por las calles del Centro Histórico llenas de euforia: risas, bromas y los rostros sorprendidos de niños, niñas, hombres y mujeres, abuelos y abuelas, turistas de ojos azules y verdes que encendidos alababan el colorido que Mazatlán y todo México saben darle a la muerte.

Entre disfraces de brujas, esqueletos y uno que otro demonio, la procesión llevaba como ídolos a tres ensordecidos burros que cargaban cuantiosos barriles de cerveza para que la multitud se acercara a ellos como abejas a la miel y así llenarse de picardía, locura y energía para una caminata que tuvo como puntos de descanso cinco tradicionales altares.

En el primero, ubicado en la librería La Casa del Caracol, contó con la presencia de Isela Wong Ramos, Reina del Carnaval de Mazatlán 1962, quien saludó a la multitud en un gesto de cómo el pasado nutre la historia presente y futura de “La Perla del Pacífico”: Lorena I, Reina del Carnaval Internacional de Mazatlán 2014, y Marcela I, Reina de los Juegos Flores, observaron atentas este bello gesto.

Entre batucadas, zanqueros, arlequines chocarreros, ruidosas comparsas de esqueletos rumberos y sobre todo, de mazatlecos y visitantes de otros Estados y naciones que apuraban felices sus tragos, el Hotel Melville se erigió como el siguiente destino para contemplar el arte los altares del Día de Muertos, allí, una bella ofrenda dedicada a la memoria de Gail Leinbeck, cantante de jazz y blues afincada en Mazatlán, recordó que el puerto siempre ha estado nutrido por extranjeros que hacen de ésta su propia tierra.

La noche avanzaba, y con ella la algarabía que sobre la calle Sixto Osuna llevó sus paso hacia el Museo Arqueológico de Mazatlán que aguardaba a la turba con un poderoso aroma de copal desprendido del que sin duda fue el altar más imponente y celebrado del recorrido: el Altar Prehispánico del Valle de los Muertos, del artista plástico Jorge Luis Hurtado Reyes, una construcción que en grabado, alto relieve, papel maché y pintura dio vida al mundo de Tezcatlipoca, Huitzilopochtli, Quetzalcóatl  y otras deidades del glorioso pasado mexicano con calaveras, códices, monolitos y estelas.

Justo al lado, el Museo de Arte de Mazatlán erigió un templete con un altar dedicado al artista plástico México-japonés Luis Nishizawua Flores, al tiempo que un grupo de actores recitaba versos para la muerte. La calle Romanita de la Peña se inyectó con la grita de los cada vez más caldeados y jacarandosos ánimos de las almas de los vivos que festejaban a sus muertos ante los flashazos de la cámara que una monja disparaba desde el balcón del Sanatorio Mazatlán en una prueba de que nadie permaneció indiferente al jolgorio.

El Colegio Sinaloense fue el siguiente punto de descanso. Al subir las intrincadas escaleras del lugar, los paseantes ingresaron a un salón en el que tres alumnas ataviadas como Catrinas daban una breve explicación sobre los altares construidos por los maestros y alumnos de la institución dedicados a Wilfrida Fármer, Primer Reina del Carnaval de Mazatlán; al General Rodolfo T. Loaiza, Gobernador de Sinaloa de 1941 a 1944, al “Señor espectáculo”, Raúl Velazco y al creador del estilo y alma de los carros alegóricos de la máxima fiesta del puerto, Rigoberto “Rigo” Lewis.

Sudorosas y extenuadas por su larga marcha, las tres Catrinas Monumentales fueron abanicadas por sus súbditos, los burros cerveceros eran exprimidos hasta la última gota por sus fieles y nadie, absolutamente, nadie, ni siquiera el Alcalde de Mazatlán, Carlos Felton, o su esposa, Silvia Treviño de Felton, dejó de ser contagiado por el gran ánimo que la celebración arrancó, y que antes de llegar al Teatro Ángela Peralta, punto final del recorrido, confirmó que esta es una fiesta ya arraigada en el corazón porteño.

Para despedir los aires de este fúnebre carnaval, la procesión se desperdigó por la Plazuela Machado, en donde un grupo de bailarines del Ballet Folclórico del Instituto de Cultura de Mazatlán, dirigidos por Javier Arcadia, bailó a ritmo de mambo, danzón y chachachá, y más allá, sobre el kiosco de la plazuela (convertido en un carrusel de calacas), el Grupo de Escala de Percusiones del maestro Manuel Rocha  ofreció una serie de alegres canciones populares como “La cachita”, “Suavecito” y “El pato asado” al ritmo del timbal, maraca, marimba y bongó para agitar los corazones de los vivos, en una noche consagrada a los muertos.