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“El poder de los metales”: una tormenta musical
El público permaneció sentado. Los músicos de la Camerata Mazatlán, dirigidos por el maestro Percival Álvarez, ya habían dejado el escenario, pero la descarga de “El poder de los metales” aun flotaba sobre el Teatro Ángela Peralta tras un evento memorable de Festival Cultural Mazatlán 2017.


Si la plasticidad sonora del “Concierto en Re para orquesta de cuerdas” de Igor Stravinsky dio la impresión de que un depredador se pavoneaba violento o delicado sobre violines y chelos; el “Concierto para trombón alto y orquesta de cuerdas” de J.G. Abrechtsberger le advirtió al público que lo impredecible dominaría la función, y que sus cuerpos y espíritus entrarían a un viaje inolvidable.

En los tres movimientos de esta pieza, el trombonista David Pozos recordó con su rostro y mirada, que, a veces, el gran arte nace del dolor: sonidos delicados brotaron del metal y labios gracias a un esfuerzo notable del músico texano que se convirtió en el centro de un cuadro lleno de armonía y equilibrio.

Luego, en una hipnosis colectiva, los músicos ejecutaron el “Concertino para corno y orquesta de cuerdas Op. 45 No. 5 del compositor sueco Erik Larsson, teniendo como principal artífice al cornista Mauricio Soto, que, entre momentos de vivacidad, extraños ecos que tejieron un ambiente surrealista y hondos paisajes de delicadeza desarmaron a la audiencia.

Después del intermedio llegó “Intermezzo de Cavalleria Rusticana” de Pietro Mascagni que dictó la parte dramática del concierto y dejó que de los corazones del público brotaran imágenes conmovedoras desvanecidas con los aplausos para luego entrar a un largo silencio. 

Crujió la madera del escenario bajo el peso del enorme piano Steinway & Sons negro. Los músicos ampliaron su campo de acción y leves luces guindas recibieron al trompetista Mauro Kuxyippijy Delgado y a José Miguel Rivera quien tomó asiento frente al colosal instrumento para navegar por el “Concierto para piano, trompeta y orquesta de cuerdas No.1” de Dmitri Shostakovich.

Rivera cambió. De su serenidad vino un tumulto, rabia, coraje, alto voltaje de sus manos que en los ojos y cuerpos suspendidos del público cabalgaron sobre instantes de exquisitez, arrebatos de exaltación e ímpetu y pausas de honda melancolía que violas, violines chelos, oboe y el brillante color de la trompeta le arrancaron de golpe todo trazo de solemnidad y formalismo al evento para dejar a mujeres, hombres, niños y ancianos al borde de sus asientos y luego estallar en gritos de bravo y aplausos.    

El público permaneció sentado. Los músicos de la Camerata Mazatlán, dirigidos por el maestro Percival Álvarez, ya habían dejado el escenario y en los espectadores las emociones provocadas por la tormenta musical siguieron intactas.

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The Power of the Metals, a musical storm

If the plasticity of the sound of Igor Stravinsky´s "Concierto in D for String Orchestra" gave the impression that a predator strutted violently or delicately over violins and cellos; the "Concert for trombon alto y orchestra of cords" by J.G. Abrechtsberger warned the audience that the unpredictable would dominate the show, and that their bodies and spirits would enter an unforgettable journey.

In the three movements of this piece, trombonist David Pozos remembered with his face and look, that sometimes, great art is born of pain: delicate sounds sprang from the metal and lips thanks to a remarkable effort of the Texan musician who became the center of a painting full of harmony and balance.

Then, in a collective hypnosis, the musicians performed the "Concertino for Horn and String Orchestra Op. 45 No. 5 bySwedish composer Erik Larsson, having as main artist the cornista Mauricio Soto, who, between moments of vivacity, strange echoes wove a surreal atmosphere and deep landscapes of delicacy disarmed the audience.

After the intermission came "Intermezzo de Cavalleria Rusticana" by Pietro Mascagni who dictated the dramatic part of the concert and let the hearts of the audience sprouted moving images which faded with the applause and then entered a long silence.

The wooden stage creaked under the weight of the huge black Steinway & Sons piano. The musicians extended their field of action, and light cherry lights received trumpeter Mauro Kuxyippijy Delgado and José Miguel Rivera who took a seat in front of the colossal instruments to navigate the "Concerto for Piano, Trumpet and String Orchestra No.1" by Dmitri Shostakovich.

Rivera changed. From his serenity came a tumult, an anger, courage, the high voltage of his hands that in the eyes and suspended bodies of the public, rode on moments of exquisiteness, outbursts of exaltation and impetus, and pauses of deep melancholy, violas, cello violins, oboe and the brilliant color of the trumpet all the stroke of solemnity and formalism to the event were ripped out to leave the women, men, children and the elderly on the edge of their seats and then explode in cries of bravo and applause.

The audience remained seated. The musicians of the Camerata Mazatlán, led by maestro Percival Álvarez, had already left the stage and the emotions provoked by the musical storm remained intact in the spectators.